El laberinto de los sueños

 


Guillermo del Toro es un cineasta y un novelista, un guionista y un director, pero de manera fundamental es un cuentacuentos, un artista cuya pasión por las historias se muestra en la relevancia que da a las palabras (es decir las palabras buscadas y encontradas: las palabras perfectas) en todas sus obras.


El protagonismo no lo tiene el horror, ni la oscuridad, el miedo o las criaturas fantásticas. Si bien concibe estos aspectos con una maravillosa minuciosidad, esmero y preciosismo visual (porque para él la cinematografía es un arte que busca crear imágenes memorables), el alma de sus películas es la comunicación.


Hallar conexiones y enlaces con lo que está más allá de las apariencias, de los sentidos comunes y convencionalismos.  


Sus laberintos son los inextricables pasillos en que se pierden los seres cuando no poseen aún la capacidad de reconocerse en los otros y comunicarse con ellos.

Como los laberintos éticos de Robert Louis Stevenson: el cráter donde las decisiones nunca parecen acertadas. 


El desafío: caminar con todos los sentidos.

Como sus personajes, los observadores deben percibir lo insólito, lo invisible. La vista se queda corta si no se convierte en tacto, oído, intuición, sentimiento o cauce de un mensaje cifrado en un idioma siempre anómalo. Únicamente así se sobrevive. Y así también se lee.

El desafío está en descifrar la trampa del cerrojo de las diferencias con los otros.


Los otros pueden ser extraños monstruos de indomable y terrible aspecto, como Hellboy, tan rudo y violento, pero tan sensible y capaz de amar.


Los otros pueden ser los muertos.

Un niño asesinado en el pasado, como en El espinazo del diablo (2001).

O una madre muerta cuyo espíritu regresa de ultratumba para tratar de ayudar a su hija, como en La cumbre escarlata (2015). 


Los otros pueden ser seres que hablan otras lenguas o se comunican de modos extraños, mediante vibraciones y movimientos, y tienen un color de piel distinto y habitan donde los seres humanos no suelen hacerlo. 


El laberinto del fauno (2016) y La forma del agua (2017) se internan en ese huracán: cómo alcanzar u obtener la suficiente comprensión para aquello que rebasa todo cuanto los protagonistas han dado por hecho. 

Una niña choca contra la realidad como contra una pesadilla, y al enfrentar a su reflejo exacto en una fantasía de terror, vislumbra que sólo el coraje y el sacrificio últimos otorgan consuelo.


 Una mujer que nunca ha podido expresarse en el idioma de los seres humanos comunes obtiene de un extraño monstruo acuático aquello que ninguno de sus aparentes semejantes le ha dado antes: ser escuchada y entendida.


Hablar, y sobre todo escuchar, no son acciones sencillas. Tienen la magnitud de las aventuras épicas y es posible perderse en el intento de lograrlas.

Comunicarse con los extraños genera confusión y miedo, como efectos naturales de la propia búsqueda interior de claridad.


Nadie sabe quién es en verdad hasta que observa de frente cómo sus propias cicatrices (o heridas aún muy vivas) están tatuadas también en la piel de otros seres, muy distintos y lejanos. 


La vida tal como se concibe dentro de las cuatro paredes mal pintarrajeadas de la razón es una metáfora inusual y hermética de las obsesiones que más usualmente las personas osan perseguir en sus sueños. 

Los sueños son un laberinto cuya revelación conduce a la vida, pero la vida es el laberinto de los sueños.

Para resolverlo, es necesario aprender a comunicarse en territorios inexplorados. 



"Ser como somos, y convertirnos en quienes somos capaces de ser, es el único fin de la vida".

Robert Louis Stevenson



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